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MI OBRA MAESTRA

Gustavo Perdomo
3 jun 2025
2 min de lectura

Había escrito aquella noche la que sería, quizás, mi mejor obra. Era algo nuevo, conmovedor y lleno de aquel tinte oscuro y melancólico que le inyectaba a mis escritos. Quizás no era el relato que revolucionaría la literatura latinoamericana del siglo XXI, pero era lo mejor que había escrito.Se esfumó de golpe todo aquello.

Me maldije durante horas, odié mi ineptitud. Me veía en el espejo y lo único que observaba era un rostro feo y deforme, carente de belleza y de cualquier esbozo de inteligencia que antes podía, sin problema, vislumbrar en mí. Se había esfumado. Era yo quien estaba frente a mí, pero no me reconocía. Odiaba eso que veía.

De un momento a otro, ya dentro de ese remolino de odio hacia mí mismo en el que me hallaba inmerso, imágenes atroces recorrían de un lado a otro mi psique: era mi rostro, ensangrentado, con cristales rotos incrustados en la cara. Una imagen dolorosa… y hermosa a la vez.

Dejé volar mi imaginación. Entre el amor y el odio solo hubo un paso. Quería hacerme sufrir. Merecía sufrir. No importaba cómo, con qué o cuándo, pero merecía ser castigado por aquello que había hecho.

Mientras tanto, el odio en mi interior hervía con la vehemencia del animal enjaulado que lucha incansablemente por hallar la libertad perdida. Decidí que lo mejor era desechar cada uno de los espejos que rodeaban mi casa. No quería verme más, ya que, de otra forma, terminaría con aquella vida infame que había convertido lo mejor de mí en cenizas de un pasado sin memoria.Mi escrito había muerto a manos mías, y de seguir viendo caminar ante mí ese rostro culpable, terminaría con mis propias manos, arrebatándole su mísera existencia.

Durante la noche, y muy a mi pesar, estuve dando vueltas en la cama. Quería dormir, olvidar todo cuanto había pasado. Debía dejar de odiarme, pero parecía imposible. Mientras más pasaban los minutos, más odiaba el hecho de estar frente a mí y no tomar venganza por mi obra maestra. No merecía vivir. Así que tomé la decisión.

Lo haría en el mismo lugar en el que murieron mis esperanzas de ser recordado como un buen escritor. Tomé la vieja soga que días antes le había prestado al vecino, la colgué de uno de los palos que componían la estructura que sostenía el techo y, apoyado sobre un viejo banco, cubrí mi cuello con la cuerda. Una vez asegurado todo aquel sistema que pondría fin a mi desdicha, de una patada arrojé el banco a un lado.Y sin ningún tipo de resistencia —pues eso era lo que merecía— dejé de respirar.Un desgraciado menos en este mundo.

Segundos después, desperté en mi escritorio, sobre varios cientos de páginas, todas llenas de lo que parecían poemas. Me había quedado dormido. Todo aquello había sido un sueño. No me odiaba, y mi obra maestra —aunque aún no la he podido escribir— sigo buscándola entre los pasillos de mi imaginación.

 
 
 

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Silencio, estoy leyendo un libro,
¡Nojoda, cule sol hp!
Ojalá las nubes lo taparan.

Ubicación:
No importa donde, pero con el sur en el pecho.

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