MANIFIESTO DE LA FILOSOFRÍA
Actualizado: 3 jun 2025
No nos imponemos ni obligamos nuestra consigna, pues no sería auténtica su existencia si fuese así. Abogamos por un estado psíquico —o del alma— donde hay una inmersión absoluta en la verbena, en la guachafita, en la guacharaca con sonido de cascabeles, de los tambores del África África, del piano europeo, de la marimba y de todos los instrumentos que nos hacen bailar en un caos frenético, sin compromiso alguno, con sacrificio poco o nulo. Un estado de colectividad con el que los socialistas solo pueden soñar.
No buscamos imponer, porque no se puede definir el sentimiento que recorre tu cuerpo al tomar una fría, bien fría. Aunque puedas hacer mil definiciones, mil poemas, mil sonetos, esto para nosotros es tan serio como pedirle a un protestante de dónde surge su fe —sea en Jehová, en Alá, en Brahma o en Yahvé— o a las sociedades ateas, su Estado.
Esto no significa que estemos huyendo de algo, ni llegando a algo. No somos intelectuales a los que solo les importa una fiesta el último viernes del mes. Estamos alargando un placer, acompañados de todo tipo de personajes: poetas, perros, románticos, obreros. No hay discriminación alguna, ahora ni la habrá, pues las puertas están abiertas tanto de salida como de entrada. Un camino repleto de sudor, alcohol —no importa cuál, con tal que haya— chicha, viche, guandolo.
Pretendemos ser un ambiente, una amalgama de carne unida por y para una copa, un baile, un beso, incluso el amor. Mucho amor. La irreverencia es un mandamiento del manifiesto de la filosofría. Somos irreverentes porque no existe tal cosa que reverenciar, en última instancia: el alcohol.

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