El manifiesto a través del cine de Wim Wenders.
Actualizado: 3 jun 2025
¿Es esta cinta una declaración moderna? ¿Un manifiesto a la sociedad contemporánea, a la sociedad de los incentivos instantáneos y constantes, a la sociedad sobreestimulada del placer, a la sociedad que logró capitalizar inefables como el tiempo y el amor, a la de la verdad ahogada en mares de irrelevancias, a la cultura trivial?
¿Habría por qué explicar esto? Ya que estos mismos actos, imágenes y ritmos crean un lenguaje propio en la cinta, que dura unas dos horas de seguimiento a un trabajador, cuya vejez se basa solo en recoger y plantar: un acto de paciencia, de resultados largos. Tomar fotos. Actos sin estímulos significativos al cerebro. Digo esto porque, aunque toca temas interesantes, invita a la reflexión.

¿Se puede amar sin dinero?
¿Es posible una relación que no esté medida por el modelo del capital?
¿Es el amor creado por y para el capital... real?
Esa es solo una de las preguntas que plantea una trama tan interesante como la idea de la permanencia en un mundo de instantáneos. Algo que pareciera nuevo, una nueva problemática, pero no lo es. Es tan vieja como la llegada del control remoto al espectador: el momento en que tuvo en sus manos la capacidad de hacer desaparecer, en segundos, cualquier contenido que no lo estimule, que no le exija un grado de seguimiento, concentración, etc.
De esto hablaron en su momento grandes cineastas como Herzog o Fellini. Ahora lo vivimos de una manera mucho más brusca, mucho más violenta, puesto que ya no es solo cuestión de entretenimiento.
Los invito a pensar que nada en esta cinta es casualidad: desde la locación, que nos lleva a una de las urbes más grandes del mapamundi, hasta los dilemas generacionales de cada personaje. En mi caso personal, elijo pensar que el acto de un cuchito disfrutando del equilibrio que le genera su rutina de trabajo, de sus pequeños y largos placeres, es un acto de rebeldía.

Por
Arroyave Samuel
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